20_Llamá y ganá

A veces me dicen que escriba, que no le afloje, que aproveche ahora que estoy solo  ahora en una casa enorme y antigua, en los Alpes italianos, como si eso fuera garantía de algo. Lo mismo me pasó cuando vivía en una estación de tren abandonada. Me decían_ Acá tenés bastante para escribir ¿No?_  Yo miraba las paredes como ahora en mi habitación, y no veo ninguna historia. Creo que es algo que dice la gente para quedar bien con el escritor, pero que no tiene nada que ver con el ejercicio de escribir. No sé qué interpretación literaria debería darle a los objetos que veo. Sí, ciertamente me despiertan una gran curiosidad, como algunos instrumentos de orientación marítima, un telescopio de bronce, un  daguerotipo de la familia francesa Gilardone del mil ochocientos y que de algún modo gracias a ellos yo estoy ahora en la casa.

Por las noches recorro la casa,  reviso los baúles, las bibliotecas de cada habitación, encuentro fotos, billetes de tren, una entrada para el Gran Teatro de París. Imagino que ese señor tuvo una cita con su chica antes de viajar,  y que fue la velada más encantadora de su vida, y el momento de la despedida fue terrible,  el promete regresar a su encuentro, ella brilla húmeda de tristeza…

El drama se desarrolla en un montón de cartas que tengo en mis manos, pero lo que no hablo francés, las dejo donde estaban  y regreso a mi habitación. Una vez encontré un globo  celeste y lo estuve girando toda la noche, hipnotizado por las constelaciones. De vez en cuando encendía un cigarrillo, y me sentaba al borde de la ventana con un vaso de  romconcocacola, después mirando el globo me dormí, no sé cuánto tiempo pasó hasta que me desperté exaltado y escribí:

 

La nave de Argos

Surfeando la vía láctea

¿Quiénes serán sus tripulantes?

¿Cuál será su destino?

¿Van en busca del oro?

Tal vez sueñan

que desde muy lejos

los estoy mirando.

 

 

No sé cómo se presenta en mi el acto de escribir, no sé cuál es la medida justa, ¿cuántos rom tengo que tomar? Yo escribo porque siento que estoy haciendo algo importante, porque el que no tiene nada importante que hacer en su vida se aburre. Es por eso que existen tantos matrimonios y aseguradoras sociales de todo tipo.

Ahora voy a describir todos los objetos que hay alrededor, haciendo un pequeño comentario cuando me parezca apropiado para que sea más entretenido, si ustedes me lo permiten.

Estoy sentado en un sillón con los pies en la estufa, mirando la ventana de mi habitación que está cerrada, también hay un mueblecito con un lavamanos y un espejo. Abajo tiene dos puertas y espacio para guardar toda mi ropa. Sobre el mueble hay un grabador que está apagado, una lámpara, dos teléfonos y tres cargadores. Más arriba un estante con libros, revistas y bochas de madera. Los libros que están adelante son “La luna e i faló” de Pavesse y  “el solitario” de Ionesco, más arriba un almanaque con la foto de la iglesia de Campertogno que está en frente de mi casa del otro lado del Sesia, y dos gorras. Toda la habitación tiene machimbre. A la izquierda abajo, mi cama que es  de una plaza, y tiene un cubrecama del Milán, es decir, rojo y negro y una gata blanca con la cola atigrada que se llama Pichirilla que está durmiendo. Más arriba en la pared, un grupo de fotos, una de Bretón con un microscopio, Bukowski  en un bar, una postal  de la Sagrada Familia de Gaudí , que me recuerda a ciudad gótica de Batman, una de balconcitos con flores de Granada y otra de Salamanca con un puente larguísimo muy iluminado que se refleja en el agua, una foto de cuatro tipos que serían: Michele, el Tano, Firu y yo, una del dique de Potrerillos y una de dos jugadores de las inferiores del Tomba, que serían el Jere y el Tomy. Más arriba una foto de Harvey Keitel cuando le dice a Robert De Niro: – Eres un cowboy- en Taxi driver. En la otra pared a mi espalda una foto de Bukowski en una esquina donde hay un afiche gigante de él mismo, pegada en la puerta de un armario marrón, sobre el armario una mochila, al lado un perchero con cuatro camperas, una gris, una negra y dos azules, un estante con tres bochas de madera, un candelabro de cerámica con forma de pájaro y otro de bronce. Después viene la puerta, a la que tengo que arreglarle la manija porque se sale. Contra la otra pared hay una estufa eléctrica. Aquí la calefacción es muy costosa, me llegó una boleta de quinientos euros y no me quedaba más remedio que pagarla. Al  lado hay  un piano cerrado de color piano, que tiene dos candelabros de bronce con dos velas blancas, sobre la tapa del piano un bolsito azul, un desodorante con tapa plateada, una caja de fósforos, una cajita de hilo dental, papel de armar cigarrillos y en el extremo del piano un billete de tren de París a Milano. En la tapa superior hay una lámpara antigua, un portalapiceras, cuatro tubos de rollos fotográficos y otra bocha de madera. En la pared una foto de Napoleón que lo encuentro parecido a Belgrano, y siguiendo por la pared a la izquierda, al lado  del piano una silla bajita de madera con un respaldar largo, que tiene esculpido un siervo, sobre la silla hay un buzo rojo. Después viene un estante que tiene una trompeta que está rota, pero que igual toco frente al espejo haciendo el único sonido que le sale, una foto mía con una bebé hermosa que se llama Tereza, una plancha a carbón, una postal de tango con la letra de caminito que me envío mi madre, una postal horrible con tres marmotas  y otra con un astrolabio egipcio. Siguiendo por la pared que tengo en frente un póster de montañas con árboles y casitas con techos de piedras, el lugar se  llama  Argniaccia, donde a veces voy a trabajar o a pasear. Debajo un póster de David Vandersfroos que me dieron en el recital. Más abajo un escritorio con un cajón abierto, sobre el escritorio una botella que sostiene una bocha de madera negra, que bien podría ser un escultura objeto, una caja de madera con un montón de cartas, un bloc de hojas, cds, un tensiómetro y hojas escritas. Después la ventana cerrada, en los vidrios me reflejo yo, que tengo un buzo blanco con un gorro amarillo, gris y negro. Detrás mío  entre la cama y el piano se refleja una mesita ratonera con un manto amarillo, sobre la mesa un vaso, un mp3 y una agenda.  El piso no se ve pero tiene una alfombra con un mandala  rojo bermellón, negro y verdecitos. Lo del reflejo,  me hizo acordar a las Meninas de Velázquez en el Museo del Prado. Eso es todo.

Leí que los orientales practican convivir  con la menor cantidad de objetos posibles  para poder meditar. He pensado en llevarme la trompeta y cambiar de habitación,  hay una que tiene vista al rio.

FIN

 

Llamá al seiscientos diez ciento setenta y cinco setecientos sesenta y ocho, decí qué hay dentro del bolsito azul que está sobre el piano y ganá fabulosos premios.

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