18_Cápsula

Fue  en un almuerzo, no conocía a la gente. Hablaban otro idioma, eran viejos. El lugar era agradable, la comida muy rica. Picada, primer plato, segundo, queso postre y café. Por la ventana del restaurante, montaña, bosque pelado, nieve y un río. El vino tenía un aroma exquisito, más bien dulce.

Tenía la sensación de haberme materializado en ese mismo momento en la silla y haber pasado a ser parte de ese escenario, tal como le solía suceder a los habitantes de la interprise. Hay armonía en estos almuerzos donde sólo tengo que observar, saborear la comida, masticar bien,  no excederme con el vino y capturar un par de detalles en la camarera cuando elijo el segundo plato.

Quería liberarme de pensamientos exigentes, como la comparación sociocultural de ese lugar y donde yo vivía. Ya no me interesaba que me hicieran preguntas acerca de lo que hay o no hay, y si allá las cosas son así y acá son de otro modo, entonces alguno de los dos es mejor. El papel de embajador moral me había aburrido. Necesitaba cerrar de algún modo ese canal que me traspasaba. El que  quiera saber cómo es  que  viaje y listo. Pensé.

Imaginé estar dentro de una cápsula. Ahora  las miradas de las personas no tienen la suficiente  fuerza  para traspasar mis efluvios de protección. De vez en cuando sonrío y todo va bien.

Es el almuerzo de carnaval, en otra mesa veo  a las máscaras del pueblo, dos gorditas coquetas con capas verdes. La camarera es joven, está un poquito nerviosa. Desactivo la cápsula un momento,  le sonrío, y es como un chorro de luz que toca  su cara, iluminando su rostro con otra sonrisa. Un señor estúpido se ha comido tres platos de paniccia, que es como un guiso de porotos, y tiene mal humor, se está quejando de la camarera por la atención.

Aquí no tengo juicio ni comparaciones, ni amigos ni enemigos. Percibir algo ya es un estímulo,  es un signo de vida. Lo que pasa es que tengo como un filtro, veo a la gente hablar y eso me basta no necesito saber de qué están hablando, ni porque están enojados o contentos. Mi máquina de radiografías externas está desconectada, y mi cuerpo lo  agradece brindándome placer a cambio, destilando información para obtener calidad de energía, y así generar buenos pensamientos. Es como estar adormentado a la siesta viendo jugar al gato o tirarse a ver las figura forman las nubes, sin más ni más.  De a poco inicio a tener un orden de pensamiento, el primero es que el mundo debería hacer silencio una vez en la vida, y tratar de comprender. La humanidad adeuda silencio y comprensión. Pensé. La cápsula regula mi armonía, girando a distintas velocidades como una licuadora. En este estado contemplativo de las cosas, veo que la mesa es abundante y la comunicación entre la gente es fluida. Una Señora muy bien arreglada tiene un saquito liviano de casimire color durazno, y modales de gentil señora.  El señor mal educado sigue comiendo sin levantar la vista del plato. La camarera tiene camisa blanca y pantalón negro. Me trajo una naranja que pelé con habilidad, sin derramar ni una gota de jugo. De postre elegí macedonia que es una ensalada de frutas con crema helada. La temperatura en mi cuerpo es confortable, y mi respiración serena. Afuera nieve y más nieve. ¿Habrán hongos este verano? ¿O no tienen nada que ver los hongos con la nieve?

Ahora es invierno, es carnaval, la gente se divierte, come y bebe.  En la plaza se reúnen a charlar , reír y aburrirse mientras esperan que esté lista la paniccia que ayudé a  cocinar en grandes ollas de cobre que pusimos al fuego por más de tres horas.  También hay entretenimientos, como calcular la medida de un salame o el peso de las máscaras, que serían un chico y una chica con capas verdes que tienen souvenirs en las solapas que les han regalado en otros pueblitos donde también es carnaval.  El salame midió dos metros cinco, después hubo un  sorteo y un baile con música tradicional. Saqué fotos, caminé entre la gente, miré jugar a un niño vestido de león con una nena que parecía Heidi.

Esta hermeticidad es confortable. Sé que no podría vivir todo el tiempo así. Paso mucho tiempo sin hablar, pero no es una preocupación. El silencio me seduce a seguir así.

Han pasado tres meses. El almuerzo de carnaval aparece en mi memoria, como proyectado por espejos y puedo intervenir esa dimensión y permitirme imaginar que la serenidad de ese almuerzo, tal vez sea igual a la primera cena después que muera.

Hace poco fui a una fiesta. Cenamos, escuchamos música, y no dije ni una palabra en toda la noche. De repente me vinieron unas ganas incontrolables de llorar. Fui al baño, lloré, me lavé la cara y me miré en el espejo. No estaba triste, fue como una explosión de alegría. Así es que hice tres caras frente al espejo, una de bueno, una de malo y una de incauto. Después tuve una sonrisa cómplice con mi imagen, porque teníamos un secreto, ya que el silencio hizo pensar que alguien habitaba al mismo tiempo, y entonces las palabras volvieron a poblarlo.

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